lunes, 16 de agosto de 2010

Sobre la COPRE

Con fecha 16 de agosto de 2010, en el portal de Analítica.com, hay un artículo titulado  La COPRE en blanco.   Escrito por Teódulo López Meléndez, que lo transcribo a continuación:

Este cuento había que echarlo. No se trata de que no se hubiesen producido antes enjundiosas miradas sobre lo que fue la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). Tampoco de un uso indebido de la palabra “cuento”, como sinónimo de ficcional o de bagatela secundaria. Se trata de que aquí está la historia completa, tan detallada que por momentos fastidia, pero con la comprensión absoluta de la necesidad de poner hasta el último detalle. Me valgo de la palabra “cuento” simplemente para permitirme el uso coloquial de la expresión “este cuento había que echarlo”.

Todo nos lo cuenta Carlos Blanco en el volumen Un programa para el cambio. Nadie mejor que él para hacernos conocer este proceso, pues fue un protagonista fundamental del mismo. A medida que avanzo en la lectura compruebo que este libro excede a las limitaciones de ser un estudio sobre la COPRE para convertirse en un fresco de la historia contemporánea de Venezuela, pues allí quedan retratados todos los mecanismos de la vieja política, de la antigua manera de hacer las cosas, mientras un grupo pugna –con apoyo creciente, como lo refleja el autor- de dar unos pasos absolutamente indispensables. Aquí podemos ver la génesis y el crecimiento de las ambiciones –ambiciones en el mejor de los sentidos- de la COPRE. Lo notamos en el prólogo de Arnaldo Gabaldón, exacto y contundente, en la presentación del texto por parte del autor, en la narración de unos hechos que van delineando qué cosa hay que reformar, desde la administración pública hasta la economía, para llegar al llegadero: el perfil socio-psicológico de los venezolanos, la alteración de las relaciones de poder y –bingo- la transformación integral de la sociedad.

Por supuesto no pretendo resumir en un artículo de opinión un libraco de más de500 páginas. Allí está todo el análisis, desde el populismo hasta la descentralización, desde la reforma interna de los partidos hasta la formulación de políticas públicas y, obviamente, lo que se logró, como la elección directa de gobernadores y alcaldes, (no poco, si vemos como hoy constituyen escaso espacio de pluralidad) de manera que el título lo que pretende indicar es que se trata de la visión del autor, no que se hubiese ido en blanco. Lo importante es, entonces, lo que quedó verdaderamente en blanco y como se produjo el suicidio de una clase política con el consecuente advenimiento de este largo presente de ya más de once años.
No recuerdo a quien pertenece la célebre frase de que si quieres evitar que te hagan la revolución debes hacerla tú mismo, colación que me permito aún con el nombre propio de lo que nos ocupamos, “reforma”, pero a los sectores conservadores de los viejos privilegios y monopolios políticos aquello les olía a la más profunda revolución. Eran, y todos los planteamientos allí contenidos siguen siendo, reformistas, lo que no es una mala palabra. Creo que la carencia fundamental de la que adolecía el planteamiento era de un envoltorio conceptual general del concepto de democracia, lo cual, admito, era difícil en aquellos momentos de prestigio partidista y de aparente tranquilidad, aunque el modelo rentista se desmoronase arrastrando consigo al parapeto político montado sobre él.

Ciertamente uno podría discrepar de Carlos Blanco en la página tal o en la página cual, pero ante la importancia de este libro eso podría ser tomado hasta como mala educación. En efecto, creo que lo sería. Lo importante son las conclusiones, unas desgarradas aunque envueltas en la tranquilidad de espíritu que domina estas páginas. Creo que atino cuando hablo de la ausencia de un envoltorio conceptual sobre la democracia, pues el autor asegura la muerte de la posibilidad de capturar al mundo en un concepto único y liberador. Más allá –duele, pero uno sabe que es verdad- este fue el receso de las ideas y la pérdida de lo intelectual como sentido. Blanco alega que no hay locura suficiente para asumir el rol de intelectual maldito. Algunos lo hacemos. Blanco mira a los profesores universitarios como dedicados a su quincena imposible y, en efecto, uno ve todos los días a FAPUV hablando de reclamaciones salariales sin darse cuenta que lo que está detrás es el cercenamiento de las universidades donde prestan servicios.

Lo dicho, este libro es vital para la comprensión de nuestra historia contemporánea. Uno, lector, le da las gracias a Carlos Blanco por su minuciosidad, por su honradez intelectual y por habernos echado el cuento y sugiere a todos los que se plantean como salir del presente que lo lean, comenzando a comprender así porque tenemos lo que tenemos.

Pero uno como lector –con pleno derecho- comienza a hacerse sus propias preguntas y sus propias interpelaciones. Por ejemplo, uno se pregunta si la negativa de la MUD a realizar elecciones primarias para todos los candidatos a la Asamblea Nacional no es la muestra más fehaciente de las viejas prácticas destinadas a mantener el reparto de poder forzado entre las ayer poderosas organizaciones partidistas y hoy endebles siglas sin contenido. Uno los oye quejarse de la falta de financiamiento para una campaña electoral florida y le provoca recordarles que la entente político-económica que montaron con las fuerzas económicas dominantes no es revaluable, entre otras razones porque el presente acabó con ellas.

Dentro de todas las contradicciones, resistencias y batallas uno tiene a recordar con gratitud a la COPRE. Aún había ideas. Frente a la yerma realidad de hoy, una donde la salida de la pesadilla podrá equivaler a la inexistencia de un Estado que merezca ser llamado así, uno lector se pregunta cómo se podría confiar la construcción de uno a quienes hoy –con diferentes nombres y apellidos- siguen encarnando la misma resistencia a todo cambio, la puesta en práctica de los procedimientos detestables y la misma manera vacía de hacer política. El Estado que aparecería podría ser igual al que se cayó, esto es, podría ser copia del Estado pre-COPRE que había que reformar.

Es así como los dilemas de nuestro presente histórico siguen sin resolverse. La clase política que se suicidó no ofrece otra alternativa al presente que su propio regreso a la vida.

http://www.analitica.com/va/politica/opinion/5269077.asp